Cómo se puede diagnosticar la causa del
dolor de espalda
Resumen
Las primeras y más importantes fuentes de información
para conocer las causas del dolor de espalda son la historia clínica
y la exploración física. Las otras pruebas -radiológicas,
analíticas o funcionales- sólo tienen valor si sus
resultados se corresponden con los de la exploración física.
Y dado que algunas son dolorosas y otras entrañan ciertos
riesgos, sólo se debe recurrrir a ellas cuando los resultados
del interrogatorio o la exploración física determinan
su conveniencia.
Cuando duele la espalda, lo más importante es:
- Determinar si se trata de un dolor debido a un problema de la
propia espalda (es decir una "patología
mecánica del raquis") o a una enfermedad general que
se está manifestando en la espalda (por ejemplo, una infección,
un tumor o una afección metabólica -como la osteoporosis-).
En más del 95% de los casos el dolor se debe a una patología
mecánica del raquis.
- Determinar si hay signos de que algún nervio esté
siendo comprimido y cuál es la causa concreta del dolor,
con el fin de aplicar el tratamiento más adecuado, con
la urgencia que requiera.
Con ese fin, es indispensable realizar una detallada historia
clínica y una meticulosa exploración
física. Sólo si sus resultados lo indican, puede
pedirse alguna prueba diagnóstica más. Ésta
puede ser: radiológica -por ejemplo, la radiografía
o la resonancia magnética-, analítica -como un análisis
de sangre- o funcional -como un electromiograma-. Seguidamente se
describen estas pruebas, pero antes hay que insistir en que las
fuentes más importantes de información son:
-
La historia clínica del paciente, que indaga sobre
sus antecedentes, cómo apareció el dolor, su localización
y características, los factores que lo desencadenan o
agravan, etc
-
Una meticulosa exploración física, que estudia las posturas
y movimientos que desencadenan el dolor; la sensibilidad, reflejos
y fuerza, la existencia de signos de compresión de raíces
nerviosas, etc.
Sólo tiene sentido pedir pruebas diagnósticas cuando la información
recogida en la historia clínica y la exploración física
sugieren su conveniencia. De hecho, el resultado de las pruebas
diagnósticas, incluyendo las más sofisticadas, sólo
es valorable cuando se corresponde con la información obtenida
en el interrogatorio clínico y la exploración física.
Por ejemplo, dos pacientes con una imagen de hernia discal muy similar
en su resonancia magnética, deben ser tratados de manera
completamente distinta si los resultados de la exploración
física son normales en uno de ellos, mientras que muestran
signos de compresión del nervio en el otro. Es un grave error
tratar imágenes en vez de pacientes.
Algunas pruebas diagnósticas son dolorosas, otras tienen riesgos
y todas tienen un coste considerable para el paciente, ya sea en
dinero, incomodidad o pérdida de tiempo. Por eso sólo
hay que pedirlas cuando el tratamiento va a modificarse en función
de su resultado o cuando es necesario para ajustar el pronóstico.
En caso contrario, es inútil y puede ser contraproducente:
algunas anomalías de la columna vertebral son frecuentes
entre la población sana. Ver estas anomalías en un
paciente cuyo dolor se debe a otras causas, puede inducir al médico
a proponer tratamientos innecesarios. Por ejemplo, aproximadamente
el 30% de la población sana tiene hernias discales que no
dan ningún problema pero que se pueden ver en un TAC o resonancia
magnética. Si en el caso de un paciente con dolor de espalda
debido a una contractura muscular de dos o tres semanas de evolución,
se pide una resonancia y se ve una de esas hernias discales irrelevantes,
el médico puede pensar equivocadamente que esa es la causa
del dolor y llevar a cabo una operación quirúrgica
innecesaria y contraproducente.
Tanto la AHCPR como
el RCGP y el CSAG
coinciden en que a un enfermo que lleva menos de 4 semanas con dolor
sólo hay que hacerle un interrogatorio clínico y una
exploración física. Únicamente si sus resultados
sugieren que es necesario, tiene sentido pedir pruebas diagnósticas
-como rayos X, resonancia magnética, análisis de sangre,
etc. En caso contrario, los resultados no van a cambiar el tratamiento
del paciente, por lo que sería inútil realizarlas.
Además de la historia
clínica y la exploración
física, las pruebas diagnósticas más empleadas
para determinar la causa del dolor de espalda son:
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